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Tenemos los políticos que nos merecemos

El último de los innumerables escándalos de corrupción, llamado “caso de las tarjetas fantasmas” acaba de estallar. Todos los españoles se llevan las manos a la cabeza. Y gritan ¡¿Cómo es posible?! ¡Estos caraduras no tienen límite! ¡Qué vergüenza! …

 

 

Este caso sulfura al ciudadano más que cualquier otro (EREs o Bárcenas). Reúne dos ingredientes que lo hacen muy especial. Primero, destaca por su envergadura: todos los principales actores del panorama político y social del país están salpicados: partidos de izquierda y de derecha, sindicatos y patronal. ¡No se salva nadie! Y segundo, sorprende por su simplicidad: desde el primer minuto o casi se sabe exactamente lo que se ha gastado cada implicado y en qué. Todo el mundo puede visualizar a estos señores comprando viajes, pagando en restaurantes y sacando efectivo a punta pala.

La indignación ciudadana es enorme pero y de momento todo el mundo parecía estar de acuerdo en culpar a los consejeros por su indelicadeza, a los partidos e instituciones por su complicidad o a las autoridades de control por su sospechosa ceguera.

Pero yo me atrevo a decirte que, por encima de todos ellos, estás tú, el máximo responsable de este caso en particular y del desesperante panorama político de la España de hoy. Sí, tú, el ciudadano desertor o el ciudadano fanático.

 

Ciudadano desertor

En las últimas elecciones que se celebraron en España (las europeas de mayo 2014) más de la mitad de los ciudadanos en edad de votar decidieron quedarse en casa. ¡Hablamos de 19 millones de personas!

Estos ciudadanos, por mucho que algunos reivindiquen un gesto de protesta, son en realidad unos desertores. El ciudadano que no va a votar, bien porque es apolítico (“no me interesa”) o anti-político (“son todos corruptos y no merecen mi voto”), es un ciudadano que no asume sus responsabilidades  y que no tiene ninguna legitimidad para exigir de los políticos electos que asuman las suyas.

Es muy cómodo declararse apolítico o anti-político pero es cobarde, completamente inútil y sobre todo contra productivo. El que no va a votar se deja representar por cualquiera, debilita la democracia y, aunque sea por omisión, se hace cómplice de los delitos de los corruptos que deja llegar al poder.

Ciudadano fanático

Por evidentes razones históricas España es un país muy polarizado a nivel político. Esta clara división entre izquierda y derecha heredada de la guerra civil ha sido cuidadosamente perpetuada por los partidos dominantes (PP y PSOE) para evitar la aparición de una fuerza nueva en el centro que pueda erosionar a su electorado. La mayor consecuencia de esta situación es que los españoles heredan su color político de sus padres que a su vez lo heredaron de los suyos, etc.

Este marcaje político heredado es lo contrario de una convicción política fruto de la reflexión.  La consecuencia de esto es que el vínculo con el partido al que votan es todo menos racional. Es emocional, tradicional, visceral y se puede comparar al vínculo que existe entre un aficionado de fútbol y su equipo favorito. Del mismo modo que un amante del fútbol no compara todas las plantillas y estilos de juego al inicio de la Liga para elegir su equipo, el ciudadano fanático no compara programas ni candidatos antes de ir a votar. Y del mismo modo que un aficionado perdona las derrotas y las trampas a su equipo, el ciudadano fanático es capaz de perdonar falsas promesas y chanchullos a los miembros de su partido.

Esta especie de “amor ciego” tiene en España consecuencias desastrosas en términos de fraude y corrupción porque el político sabe que sus electores no le harán pagar en las urnas el precio de sus malos comportamientos (fraude, corrupción o promesas incumplidas). No deja de sorprenderme que ningún militante o elector del PSOE fuese a manifestarse delante de la sede de su partido cuando estalló el escándalo de los EREs. Tampoco lo hizo ninguno del PP cuando surgieron los casos Gürtel y Bárcenas. ¿Al ciudadano español le da igual que le roben y le engañen? Parece ser que sí. Así que, ¿por qué renunciar a una tarjeta “barra libre” de Caja Madrid? ¡No te cortes, invita el contribuyente!

Puedes sulfurarte y contestar que tú no eres el ladrón. Es verdad, pero eres tú quien le has dado la llave de la caja fuerte. Te guste o no, tienes un papel determinante en la profunda crisis que atraviesa la democracia en España.

 

Menos mal, no está todo perdido. Si tú eres el problema, también eres la solución.

No hace falta ningún milagro o revolución para librarnos de políticos corruptos, vagos y mentirosos, tan sólo has de actuar como un ciudadano responsable.

Votar

Debes votar, no hay excusa que valga para no hacerlo.

¿Te engañaron? Pues vota a otros. Sí, sí, se puede hacer. Si hasta la gente ya puede cambiar de sexo, ¿me vas a decir que no puedes dejar de votar a tu partido de toda la vida? Tus circunstancias cambian y, con el paso del tiempo, aprendes y tus pensamientos evolucionan. Los partidos también cambian. No sólo lo hacen sus programas, sino sobre todo las personas que los componen. Claro, esto significa pensar, leer los programas, leer los perfiles de los candidatos, comprobar los resultados conseguidos en la legislatura anterior, etc. Pero si dedicas tiempo a la preparación de tus vacaciones para no acabar en un cuchitril a la sombra de una central nuclear, ¿cómo no lo vas a hacer para evitar acabar siendo gobernado por unos ineptos o unos corruptos?

¿Que no hay nadie que valga la pena? Pues o te presentas o convences a alguien que consideres especialmente capacitado para hacerlo. Al contrario de lo que quieren que pensemos los políticos profesionales que han secuestrado la democracia, todos los ciudadanos tienen vocación de ser un día u otro actores y no sólo espectadores de la vida política.

Participar

Pero para ser un ciudadano responsable no basta con votar y desentenderse hasta las próximas elecciones. No vendría mal que nos apropiásemos un poco más la democracia. Las nuevas tecnologías permiten contactar directamente con nuestros representantes para compartir ideas, preguntas o indignación. Estas mismas tecnologías también permiten movilizar a otros ciudadanos para que nuestras ideas, preguntas o indignaciones cobren mayor relevancia en el debate.

Con comportamientos más maduros y menos “fanáticos” podemos exigir de nuestros representantes que salgan de vez en cuando de sus trincheras para lograr acuerdos en materias donde la necesidad se impone a la ideología. Pienso por ejemplo en la educación. ¿Cómo es posible que en un país que tiene resultados desastrosos en este ámbito (resultados test PISA y tasa de abandono escolar) cada gobierno que llega al poder imponga una reforma partidista que el siguiente gobierno acabará neutralizando? Si todos los españoles están de acuerdo para decir que ahí tenemos un grave problema, ¿no sería conveniente buscar juntos la solución?

No es normal que los representantes que quedan fuera de la mayoría se vean excluidos del juego democrático. Si queremos menos duelos teatralizados entre el jefe del gobierno y el líder de la oposición en el parlamento y más debate productivo, tenemos que exigirlo. Como siempre la mejor manera de obtenerlo es sin duda predicar por el ejemplo. Los ciudadanos que no tienen que asegurarse una reelección ni aferrarse a una “doctrina oficial” son sin duda más capaces que los propios parlamentarios de crear estos puentes, de llevar a cabo este trabajo de reflexión compartida y de lograr soluciones consensuadas.

Como decía Hillary Clinton hace poco, la democracia no es un deporte de espectadores. Dejemos de observar la pelea PP-PSOE como vemos un Barca-Madrid desde el sofá del salón. Y sobre todo no olvidemos nunca que cada sociedad tiene los políticos que se merece.

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